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Ménage á trois
Hace como un mes, vino a visitarme Camelia, una antigua enamorada de la época de adolescencia, con quien la amistad ha sobrevivido al tiempo y, más aun, se ha estrechado.
Pablo es un amigo en común. Es arqueólogo y trabaja en Palpa. Cuando éramos adolescentes, él estaba enamoradísimo de Camelia y, quién no, porque ella lucía –y continúa luciendo- como un ángel. Actualmente, todos bordeamos los cuarenta, a Pablo se le ve muy acabado, yo ruedo de gordo, pero por Camelia no han pasado los años. Nadie creería que es madre de tres niños y que uno de ellos tiene 12.
Camelia y Pablo eran vecinos del barrio. El ya me había comentado que ella le gustaba, pero nadie se la presentaba. Pasábamos y repasábamos por su casa con la esperanza de verla siquiera, pero nada. Hasta que, cierto día, llegó una oportunidad de oro: ella regaba el jardín exterior y yo le pedí un sorbo de agua (en ese entonces, las casas no tenías rejas ni muro, y uno no se enfermaba de cólera por beber directamente del caño. ¡Qué tiempos aquellos!).
-¡Qué refrescante! -le comenté-. Me llamo Francisco y él es mi amigo Pablo.
-¡Hola!, yo soy Camelia y, sí, ya había visto a Pablo en el vecindario -respondió en tono cortante, pero una lucecita la traicionó en la mirada…
De ahí en adelante, íbamos expresamente a visitarla y ella coqueteaba a sus anchas con ambos, pero siempre nos hacía saber que tenía un enamorado, a quien jamás veíamos; hasta que, finalmente, después de infinitas sesiones de riego, nos aburrimos del jueguito. Pablo se empató con Ana –otra amiga del barrio- y yo con su hermana Dora, quedando así el problema zanjado entre nosotros; es decir, entre Pablo y yo, debido a que ya no teníamos que rivalizar por la misma chica.
La amistad con Camelia perduró y, al cabo de unos años, casi por accidente, sentados en el asiento posterior de un taxi, besé a Camelia por primera vez. El chofer, a propósito, embistió con el auto a un perro que se cruzó la pista, y me dio tanta indignación, que le dije “¡qwslokldfjdtjeit!”; palabras que, afortunadamente, le salvaron la vida al asustado can. También indignada Camelia con el taxista, me miró con cara de complicidad y, repito, casi por accidente, no recuerdo bien cómo, nuestros labios se rozaron. Romance fugaz, porque al poco tiempo me fui a vivir a Washington y la relación amorosa se acabó, aunque no la amistad. Los tres, Camelia, Pablo y yo mantenemos hasta hoy un estrecho lazo que nos une, aunque nos veamos muy esporádicamente.
Transcurrió el tiempo y, el día menos pensado, Camelia se puso de novia con Alberto, su eterno e invisible enamorado. Por eso, imagino que como “ofrenda póstuma” (es decir, ya sin esperanzas), Pablo le fue llevando el cráneo de una calavera a la despedida de solteros que les organizamos.
-Es de la huaca -le dijo-. Y por el tamaño, corresponde a una mujer.
Camelia aceptó el regalo con agrado y, a sugerencia de Pablo, bautizó a la calaverita como “Rebeca”. Desde entonces, Rebeca fue su “fiel” compañera. La tuvo consigo cuando se casó con Alberto, se la llevó de luna de miel, estuvo presente en el parto de cada uno de sus hijos, aparece en las fotos de todos los cumpleaños, etc.; hasta que, hace como un mes, me la regaló.
-¿Cómo así te deshaces de Rebeca, a ti que tanto te gusta? -le pregunté con curiosidad y hasta con desconfianza.
-Es que me he separado de Alberto, me he mudado a casa de mis padres y ellos no la quieren.
-¿Por qué no se la devuelves a Pablo? -le sugerí.
-No, porque él podría tomarlo a mal.
En conclusión, Rebeca se quedó conmigo.
Por un pedido mío, muy especial, anoche vinieron unos amigos espiritistas para presentarme a Casandra (¿por qué todas las brujas se llamarán así?), una médium del Brasil. Saqué mi ouija y empezamos la sesión. Se aparecieron varios espíritus: el de un niño ahogado, cuyo cuerpo fresco yacía en el lecho del río Rimac; el de un minero sudafricano, a quien su socio lo había sepultado vivo en una galería subterránea; muchos otros y, finalmente, una tal llamada Rebeca…
Sucede que Rebeca había sido novia de Pablo; sí, del Pablo que conocemos. No se trataba de una indígena del tiempo de los incas sino de una chica de Miraflores, con problemas conductuales por excesivo consumo de drogas, quien un buen día desapareció del mapa y los periódicos reportaron como “Fumona rica tragada por la tierra”. Su familia se gastó fortunas tratando de averiguar su paradero, pero la búsqueda resultó infructuosa.
Sucede, también, que Rebeca era celosa y, al enterarse de que Pablo la abandonaría por otra, tuvieron un pleito violento y él la mató. Como Pablo es arqueólogo, tuvo la facilidad de meter el cuerpo de Rebeca en una cámara llena de derméstidos -unos animalitos que usan en los museos para limpiar los huesos- y los bichitos se encargaron de dejar su osamenta como si hubiese sido remojada en lejía.
Y hay más (la mano de Casandra no dejaba de recorrer el tablero): Rebeca sabía del amor que sentía Pablo hacia Camelia y a ella le hizo la vida imposible desde que se la regaló: le robaron en su casa, los hijos paraban enfermos, siempre tenía los nervios de punta, etc. Pero, por algunos giros que toma la vida (o, quizás, la muerte), Rebeca terminó enamorándose de Alberto, el esposo de Camelia, y no paró hasta separarlos. Pero no contaba con que Camelia abandonara su casa, se llevara “sus” cosas y, entre ellas, a la propia Rebeca.
Y Rebeca estuvo indignada los primeros días de estadía conmigo, haciendo que le tuviese miedo a su osamenta, inquietando mis sueños, poniéndome a pensar eróticamente en Camelia y obligándome a llamarla constantemente. Pero todo esto cesó súbitamente un “buen” día. “¡Gracias a Dios!”, me dije, ¡pero cuan ingenuo había sido! Ahora descubro que me he quedado sin novia, no me llaman mis amigas, ninguna chica se me acerca y, a través de la ouija, Rebeca me ha confesado que me ama…
C’est finí
Frank Otero Luque
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